19 enero, 2022

¿Pornovenganza? No, Violencia Sexual Digital   

 

Hay temas sobre los que se dice ya haberse hablado todo y a la vez, la realidad social, siempre nos demuestra que hay algo pendiente por conversar; que generan arduos debates y casi ningún consenso; asuntos sobre los que la mayoría de las personas se dicen tener la ‘mente abierta’ pero que cuando se mencionan siguen siendo tabú y se cambia la plática.

Uno – de los muchos temas que generan polémica hoy en día- sigue siendo la sexualidad y su ejercicio, ya que a pesar de ser un aspecto central de la vida humana, todavía coexisten en la sociedad mexicana paradigmas conservadores – que quieren limitar el ejercicio de esta a su dimensión heterosexual, amorosa, reproductiva y que estigmatiza el placer- y enfoques más abiertos que entienden que la sexualidad no se reduce al mantenimiento de la especie, a los órganos sexuales, a las relaciones afectivas, a las enfermedades de transmisión sexual, embarazos, a una sola orientación sexual, entre otros.

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la sexualidad está presente, siempre, a lo largo de la vida humana; abarca el sexo, las identidades de género, la orientación sexual, el erotismo, el placer, la intimidad y la reproducción. Las personas expresamos y vivimos la sexualidad a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. El ejercicio y disfrute pleno de la sexualidad son indispensables para la salud, el bienestar físico, mental y social de cada individuo.

Sí, la sexualidad tiene su base en la naturaleza pero gran parte de cómo la entendemos, ejercemos, vivimos y disfrutamos se ve influenciada por el medio social, cultural y tiempo histórico en el que nos encontramos. En todas las épocas, las sociedades y generaciones han reconceptualizado la sexualidad, asignado significados, establecido lo permitido y lo prohibido, difundido y ejercido ciertas prácticas sexuales, etc.

La actual sociedad posmoderna, globalizada, líquida – en el sentido baumaniano- y conectada a través de la red ha influido ya en la forma en que entendemos, ejercemos y disfrutamos la sexualidad, así como el tipo de relaciones que decidimos establecer con los demás en el plano íntimo. Hay en específico ciertas prácticas sexuales, actuales, que no se pueden explicar y entender sin el desarrollo de Internet y las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs), una de ellas es el sexting – que goza de gran popularidad entre las y los jóvenes y adolescentes, aunque no es exclusiva de este grupo etario.

La palabra sexting resulta de la unión de ‘sex = sexo’ y ‘texting = envío de mensajes de texto desde un celular’ y consiste, de manera general, en enviar mensajes, audios, fotografías y vídeos con contenido erótico o sexual que, en la mayoría de los casos, fue tomado o grabado por el o la protagonista de este material. Se está consciente de que la obtención de este contenido se puede dar, en muchas ocasiones, sin el consentimiento de la persona que aparece en las fotos y/o videos, o mediante el robo del móvil e información. Sin embargo, en esta columna nos enfocaremos, únicamente, en el sexting de las relaciones, principalmente heterosexuales, que inicia consentido por ambas partes debido a que hubo un vínculo afectivo, en el cual se asume existió cierta confianza pero que al terminarse concluye en pornovenganza.

A la par que se difunde y practica el sexting a través de las redes sociales, desafortunadamente, han incrementado los casos de pornovenganza – del anglicismo ‘revenge porn’. Quienes ejercen la pornovenganza parten de los estereotipos de género y los prejuicios que hay en torno a la sexualidad – ya sea tanto a ciertas prácticas, su ejercicio u orientaciones- y tienen como fin, a través de la difusión masiva o viralización del contenido divulgado en internet,  generar daños emocionales, psicológicos, sociales y económicos en una persona, ya que atentan contra su intimidad, privacidad e imagen.

Cuando se conoce a alguna víctima de pornovenganza o se leen los casos que hay sobre esta, no se puede omitir el componente de género que entraña a esta forma de violencia. En México, de acuerdo a datos del Módulo sobre Ciberacoso de 2015, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), se señala que al menos 9 millones de mexicanas sufrieron algún tipo de violencia digital; y en lo que respecta a los agresores, en más del 60% de los casos son hombres los que violentan a las mujeres u otros hombres en la red. Otra particularidad de la pornovenganza, en México, es que predominan los casos en que las mujeres conocen a sus victimarios ya que, en algún momento, sostuvieron algún tipo de relación con ellos.

La pornovenganza tiene su base en la doble moral sexual patriarcal que impera en las sociedades posmodernas occidentales para hombres y mujeres – ya que se ha redefinido, mas no eliminado. El patriarcado exalta la rápida iniciación heterosexual masculina y su constante ejercicio, ya que reafirma la noción de virilidad – inherente a la masculinidad- y lo que hace ser a un ´hombre´. En cambio, para el caso de las mujeres se legitima el ejercicio de su sexualidad sólo cuando hay una relación o compromiso amoroso-afectivo heterosexual, fuera de ello – por más abiertas y modernas que las sociedades se denominen- pareciera que la respetabilidad de una mujer continua estando basada en el número de parejas sexuales que tiene y/o el tipo de prácticas que ejerce; con base en esto se juzga si es una ‘buena’ o ‘mala’ mujer y si se le debe respetar o no.

¿Cuál es el problema de la pornovenganza?

Para empezar el propio término ¿acaso hay algo qué vengar?

Se le nombra de esta manera debido a que el agresor, en su mayoría hombres, difunden contenidos audiovisuales para tener una represalia contra la víctima, en su mayoría mujeres. Las razones por las cuales una persona decide ‘desquitarse’ son muy variadas pero se podrían sintetizar en que es porque la victima decidió, autónomamente, sobre su vida y su cuerpo (terminar una relación amorosa violenta, negarse a tener relaciones sexuales con el agresor, por haber sido ‘infiel’ a la pareja, por iniciar una nueva relación afectuosa de manera ‘rápida’, etc.) y pone en entre dicho la hombría del agresor, frente a sus pares masculinos y la sociedad.

Si con algo hay que acabar para que la pornovenganza pierda fuerza es con el doble rasero con el que la sociedad juzga a hombres y mujeres, heterosexuales o no, al momento de ejercer su sexualidad.

Cabe comparar, simplemente, como han sido difundidas, en la prensa, las noticias sobre las filtraciones de las imágenes o videos de actrices, actores, personalidades políticas o públicas. Cuando se filtra material audiovisual erótico o sexual de mujeres – como han sido los casos de Jennifer Lawrence, Scarlett Johansson, Lea Michele, Rihanna, entre otras- los principales comentarios son que “las mujeres decentes no se toman ese tipo de fotos”, que “si no quieres que se filtren ese tipo de fotos o videos no te los tomes” y que la “culpa es de las mujeres por ejercer ese tipo de prácticas”.

Cuando las filtraciones son de hombres heterosexuales no se juzga que estos ejerzan su sexualidad porque el patriarcado les da la potestad para hacerlo, así como tampoco hay ninguna estigmatización de su cuerpo y no se critica si el material no es exclusivo para la pareja amorosa, ya que para los varones no hay reglas que normen bajo qué circunstancias y condiciones sí pueden tener relaciones sexuales. Un ejemplo de esto fue la difusión de un video del ex futbolista Luis Roberto Alves ‘Zague’ –previó al inicio del mundial de fútbol de Rusia 2018- en ningún momento se juzgó y arriesgó su carrera profesional, tampoco se puso en duda su ‘honor’ y valía como persona, no se criticó que el video fuera para una relación extramarital y más bien se hizo toda una exaltación del órgano sexual de Zague, por sus dimensiones, y la correlación que la sociedad patriarcal hace entre tener un falo grande y la hombría de un varón.

Dada esta doble moral sexual ¿debe el Estado castigar la pornovenganza? La respuesta es SÍ.

La pornovenganza tiene que sancionarse debido a que es un acto que se lleva a cabo, deliberadamente, para generar daño a la integridad de la víctima en todos los ámbitos de su vida dada la moral sexual desigual, que impera en la sociedad patriarcal, para las mujeres y personas cuya orientación no es heterosexual. No porque la pornovenganza suceda en la red, su impacto se limita al espacio virtual; las consecuencias que tiene son reales y muy complejas de mitigar, debido a que es casi imposible remover de internet, de manera total la información de la víctima, así como controlar que las imágenes, videos e información no se vuelvan a subir o se sigan difundiendo.

En México las únicas entidades en las que está tipificado como tal el delito de ‘pornovenganza’ son Yucatán, Chiapas, Chihuahua, Jalisco, Querétaro, Puebla, Nuevo León, Estado de México, Veracruz y Guerrero. Hay dos características que comparten todas las diferentes legislaciones estatales que sancionan la pornovenganza, éstas son que se castiga por la vía penal y se establecen una multa económica; sin embargo las y los legisladores han dejado de lado dos aspectos de igual importancia; el primero que es el establecimiento de un protocolo de acción – que vaya a la misma velocidad de la red- que restrinja el acceso al contenido en línea.

Como menciona Estefania Vela, en la mayoría de los casos lo que más les importa a las víctimas es que se deje de difundir el material audiovisual por lo que se necesita la cooperación de los intermediarios de internet, buscadores y sitios en los que se reproducen o alojan las imágenes. A través de una orden judicial, las autoridades pueden exigir a Google, Yahoo!, Facebook, Twitter, entre otros que pare la difusión. Como tal no se puede responsabilizar a los motores de búsqueda o intermediarios de internet – debido a que el contenido es producido por terceros- pero sí se puede reclamar su cooperación para que lo bajen de la red, ya que estos cuentan con la capacidad y las herramientas para detener su divulgación.

Otro aspecto que ha quedado relegado en la legislación que busca combatir la pornovenganza es el referente a la educación que se divide en dos ámbitos. El primero concierne a la capacitación continua de las autoridades sobre cómo funciona el Internet, las TICs y los delitos que se dan en el espacio virtual, ya que el hecho de que sucedan en línea no implica que no afecten la vida real y offline de la persona agraviada; lo anterior es indispensable para que las autoridades actúen de forma pronta al atender estos casos y no revictimicen a quienes denuncian.

El segundo ámbito concierne a la impartición de educación sexual actualizada, veraz, completa, científica, laica y libre de estereotipos de género para niños, niñas, adolescentes y jóvenes debido a que es vital para que puedan decidir y ejercer de manera informada y sin coacciones su sexualidad. Sí, la sociedad patriarcal occidental niega y estigmatiza la sexualidad de niños, niñas y adolescentes – aunque contradictoriamente hipersexualiza, al mismo tiempo, a las adolescentes- dicha negación no cambia la realidad social de que la actividad sexual está presente desde estas etapas y no espera al momento, condiciones y edad socialmente aceptados por el patriarcado.

Dificultar e impedir el acceso a la educación sexual veraz, científica, laica y sin estereotipos de género sólo coloca en una condición de desventaja a los niños, niñas y adolescentes.

Cada persona debe informarse sobre las diferentes prácticas sexuales que existen y decidir – por sí misma- si las quiere llevar a cabo o no. El auge de legislaciones que buscan sancionar el sexting o de campañas prohibicionistas que lo estigmatizan – como la realizada por el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales con la organización Pantallas Amigas y Google México, en 2016, que se llamó ‘Pensar antes de Sextear. 10 razones para no realizar sexting’- no cambian la realidad de que las personas sextean – y no habrá ley que lo detenga- y que criminalizar esta práctica solo lleva a su estigmatización y aumenta la vulnerabilidad de quienes la ejercen y son víctimas de pornovenganza.

Para acabar con la pornovenganza hay que empezar por dejarla de llamar así – ya que sólo reafirma estereotipos de género que en nada benefician- y denominarla por lo que es: violencia sexual digital. El problema no se soluciona prohibiendo y estigmatizando ciertas prácticas sexuales, ya que lo verdaderamente delicado está en que la violencia de género se reproduce en el espacio virtual, a través de las nuevas TICs y tiene consecuencias muy graves.

Resultaría más provechoso para las y los niños y adolescentes saber cómo sextear de manera segura, protegiendo su identidad y conocer que aplicaciones hay para ello, a establecer prejuicios alrededor de esta práctica.

Cualquier política pública que busque prevenir, atender y solucionar la violencia sexual digital deberá tomar en cuenta el derecho a la vida privada; el derecho a la honra; el derecho a la integridad física, psíquica y moral; el derecho a la no discriminación por género y; los enfoques más progresivos, en materia de derechos sexuales, que toda persona debe gozar para desarrollarse plenamente.

La libertad y autonomía de decidir con quién, qué, cuándo y por qué queremos ejercer nuestra sexualidad no es de incumbencia de la sociedad, las religiones o el Estado, sólo le compete al individuo; mientras haya consenso entre las partes y no se afecte a terceros, la autoridad estatal debe mantenerse al margen. Los estereotipos de género no deben limitarnos cuando se trata de disfrutar y ser felices.

 

 

 

Carla Covarrubias Vallin / Twitter: @car_vallin

 

 

 

 

 

Este es un espacio de opinión y no representa la postura del medio, sino la del autor